Este miércoles se dieron a conocer los nominados para ingresar al Rock & Roll Hall of Fame en su generación 2026, una lista que vuelve a encender el eterno debate entre tradición, evolución y definición dentro de uno de los reconocimientos más importantes de la música popular.
Entre los nombres que encabezan la selección destacan auténticos pesos pesados del rock y sus vertientes, como Iron Maiden, referentes absolutos del heavy metal; los australianos INXS, íconos del rock de los ochenta; el influyente Phil Collins; el eterno rebelde del punk-pop Billy Idol y la mítica banda post-punk Joy Division, cuya influencia sigue marcando generaciones.

La lista también incluye nombres quizá menos mediáticos para el público general, pero profundamente respetados por la crítica y la historia musical, como el recordado cantautor Jeff Buckley, la potente voz del rock estadounidense Melissa Etheridge y los sureños The Black Crowes, referentes del revival del rock clásico en los años noventa.
Sin embargo, como ya es costumbre, las nominaciones vuelven a abrir la polémica sobre qué puede considerarse realmente “rock & roll”. Dentro de la selección aparecen artistas más asociados al R&B, soul, hip hop y pop, géneros que —aunque indiscutiblemente influyentes— siguen generando debate entre los seguidores más puristas del salón.
Entre estos nombres figuran el influyente grupo vocal New Edition, la icónica Lauryn Hill, la leyenda del soul Luther Vandross, la elegante propuesta sonora de Sade, la superestrella del pop Mariah Carey, la versátil Pink y la colombiana Shakira, cuyo impacto global resulta innegable.

La discusión no es nueva: desde hace años el Salón de la Fama ha ampliado su visión para reconocer artistas cuya influencia trasciende las fronteras del rock tradicional, apostando por una lectura más amplia del término “rock & roll” como fenómeno cultural y no únicamente como género musical.
Así, la generación 2026 promete nuevamente dividir opiniones entre quienes defienden la pureza del rock y quienes celebran una mirada más inclusiva de la historia musical. Lo cierto es que, polémica o no, la conversación vuelve a demostrar que el rock —en cualquiera de sus formas— sigue siendo un territorio vivo, en constante transformación.
